miércoles, 3 de noviembre de 2010

TEATRO CON VALORES: NAVIDAD EN EL CIELO

OBRA DE TEATRO 1

San José y ahora en su oficina central celestial, se ocupa de dar los últimos retoques a esta obra maestra de la bondad, la sabiduría y la omnipotencia divina: el nacimiento del Verbo Encarnado.
Música………….
- Gabriel.- ¿Todo en marcha, secretario?
- Secretario.- Faltan algunos detalles, Gabriel, pero vaya… desde luego si el Señor nos dejara mano suelta, muchas cosas más haríamos.
- Gabriel.- Ya sabes sus órdenes, el Mesías ha de nacer humilde y pobre. Pero nosotros los ángeles, toca hacer esta pobreza y esta humildad lo más llevadera posible. ¿Acaso no está escrito: “a sus ángeles te encomendará para que te lleven en la palma de la mano?
Teléfono.-
- Secretario.- Dígame…aquí la oficina central de la Encarnación…¿con Gabriel…? ¿De parte de quién…? Un momentito (Bajando la voz) conferencia con el Seno de Abraham. El Profeta Isaías al aparato.
- Gabriel.- Ah, Isaías. Sí, soy Gabriel. Diga, diga…Sí, sí, todo está dispuesto para la llegada del Mesías. Por supuesto… Sí los montes rebajados y los valles terraplenados; tenemos nuevos ingenieros en el Cielo, señor Isaías. No se preocupe, el Mesías puede llegar cuando guste; aquí estamos los ángeles para cuidar de todo. No, no, ninguna molestia. Dispongan… Sí, sí les avisaremos inmediatamente.
- Secretario.- ¡Gabriel, Gabriel!, gran noticia, Miguel acaba de llegar de la tierra.
- Gabriel.- ¡Gracias a Dios! Que pase, que pase… Ahora sólo falta que regrese Rafael.
- Miguel.- Querido Gabriel.
- Gabriel.- ¡Miguel querido! Bienvenido: no sabes cuánto te hemos echado de menos durante estos nueve meses.
- Miguel.-Y yo a vosotros. Figúrate… desterrado en la Tierra, cazando demonios…¡Ufff! Pero… ya los tengo a todos acuartelados, les he suprimido todos los permisos hasta pasadas las Pascuas.
- Gabriel.- Los tienes en un puño, no sé cómo te las arreglas.
- Miguel.- Es mi oficio. Sé manejarlos. Tú comprenderás que no iba a consentir que esta noche anduviera un diablo suelto por la Tierra, siquiera esta noche ¡PAZ!
(Se abre una puerta y se oye el coro ensayando: “Gloria a Dios”)
- Gabriel.- (Impaciente) ¡Cerrad la puerta!
- Miguel.- Oye, era bonito lo que cantaba la escola.
- Gabriel.- Si llevaras nueve meses oyéndolo como yo…
- Miguel.- ¿Nueve meses?
- Gabriel.- Poco más o menos. Desde la Encarnación. Son los que han de ir a anunciar la Buena Nueva esta noche. Pero no sé lo que les pasa…Yo creo que a fuerza de ensayar lo estropean.
- Miguel.- Estarán nerviosos.
- Gabriel.- ¡Toma, lo estamos todos! Como esto dure un poco más, acabaremos desplumados.
- Teléfono
- Secretario.- Dígame… ¿Con el Director General de la Encarnación? Un momento. Un momento. A ver…¿de parte de quién?... (más bajito) Conferencia con el Seno de Abraham; Daniel al aparato.
- Gabriel.- Estos del limbo están nerviosísimos esperando…
- Gabriel.- ¡Dígame!... ¡Ah! ¿eres tú, Daniel? Sí, ya nos conocemos, hombre. ¿No te acuerdas cuando me aparecí a ti de pie sobre las aguas del Tigres? … Pues claro que era yo, hombre..Bueno, ¿qué pasa?...¿Qué? ¿Qué se está retrasando el nacimiento del Mesías? No, señor, no, yo te dije setenta semanas de años… Pues has contado mal…Faltan todavía dos horas largas… No fastidies, hombre, que tenemos muchas cosas que hacer todavía. Vamos, veo que siguen a orillas del Tigres. Adiós que me están esperando. Otro día hablaremos despacio de eso. Adiós (cuelga) ¡Caramba qué pesado!
- Miguel.- Daniel ¿el profeta?
- Gabriel.- El mismo. Ahora me explico cómo los leones no quisieron comérselo; se les habría indigestado.
Teléfono
- Gabriel.-¡Dichoso teléfono, no me da ni tiempo de soltarle! A ver, ¿quién es? ¿Ardoroso? Sí, yo mismo…¿qué pasa?¡Que en Belén está haciendo mucho frío? Bueno, y qué. ¡Ah!... Claro, sí, no caía: el Niño se nos helaría… Tres bajo cero. No, no puede ser. De ninguna manera! Bueno, ya sabes lo que tienes que hacer…¿No eres tú el ángel calefactor? A ver si tengo que enseñarte tu oficio.
Música o canta el coro: “Gloria a Dios en las alturas”
- Gabriel.- (nervioso) ¡Cerrad las puertas! No te digo a ti, Ardoroso…¡¡Por Dios, no veis que estoy llamando por teléfono?!...¡No se oye nada! Te estaba diciendo, Ardoroso, que esa pega ya la podías haber solucionado tú solo, sin decirme nada. Hazte cargo de que yo no puedo estar en todo. ¡Hala! Espabílate. Te llegas al sol y le das un toquecito a la Tierra, pero no mucho. ¿Eh? Cuidadito no vaya a achicharrarse el mundo entero. Bueno, ¡adiós!
- Miguel.- ¡Canastos! ¡Estoy viendo que eso de ser director General de la Encarnación no es tan sencillo como creía!...Yo que llegué a tener cierta pelusilla…
- Gabriel.- ¿Pelusilla? ¿Por qué?
- Miguel.- Ya puedes figurártelo: por haber conocido a la Señora antes que nadie…
- Gabriel.- ¿Conocerla?..y hablarla…y oírla…¡Oh, Miguel, razón tienes para envidiarme!
- Miguel.- Anda, sé bueno: háblame de Ella. ¿No ves que siempre ando entre demonios? ¿No te doy lástima?
- Rafael.- Yo también podré hablarte de Ella, Miguel.
- Miguel.- ¡Rafael, te estábamos esperando!
- Gabriel.- Siéntate estarás cansado.
- Rafael.- No, ya sabéis, ¡soy un buen caminante! Y esta vez he andado en tan buena compañía que el camino se me ha hecho corto.
- Miguel.- ¿A quién has acompañado?
- Rafael.- ¡Ah! Pero ¿no lo sabes?, vengo de dar escolta a la Señora y a San José desde Nazaret a Belén.
- Miguel.- Vamos, otro que tiene suerte! Estos sí que son encargos que da gusto cumplir.
- Rafael.- ¡Y que lo digas! El mejor viaje que he hecho en mi vida de trotamundos. Yo que he acompañado a tantísimos caminantes, no me había dado cuenta hasta ahora de lo hermosa que es mi misión. Ella me lo ha hecho comprender. He aprendido tantas cosas de Ella durante el camino…¡demasiado corto ha sido! Acabo de despedirme de Ella a las puertas de Belén, como me lo ordenaste , Gabriel.
- Gabriel.- Sí, allí el Ángel Hospedero, aposentador se ha encargado de buscarla alojamiento. Modesto, pero digno, donde pueda nacer el Mesías sin desdoro.
- Miguel.- Tengo hambre de oírte hablar de Ella, Rafael, cuenta, …cuenta…
- Rafael.- ¡Hablar de Ella? ¡Qué más quisiera yo! Pero no sé… no es posible: nuestro tosco lenguaje de ángeles no tiene palabras bastante altas y puras para hablar de Ella. ¡Qué reina vamos a tener los ángeles!
- Locutor.- Los tres arcángeles se extasían hablando de la Señor, que como la aurora acaba de atravesar los campos de Galilea y las montañas de Judea, llevando al sol en su seno… pero el timbre del teléfono se encarga de volverlos a la realidad.
- Teléfono.- Rin, Rin…
- Gabriel.- Coge el teléfono, Secretario. Si son los del seno de Abraham diles que…no estoy, ¡que tomen tila!
- Secretario.- Dígame…sí…no…está ocupado en este momento…¿Con quién tengo el honor de..? ¡Con el rey David! Caramba, tanto gusto, Majestad; permita que le felicite; soy un entusiasta de los salmos; los leo todas las noches antes de acostarme…sí…sí.
¿Cómo? ¡Que si hemos tenido en cuenta el salmo 71? Ya lo creo que sí: “los Reyes de Tarsis y los de las islas de Saba, le ofrecerán dones; los reyes de Tarsis y los de las islas de Arabia traerán presentes”. Sí, sí; todos están avisados, y el Faraón y el César de Roma del que no se hablaba todavía en tiempo de su Majestad…Sí, sí, todo está previsto. Hemos mandado a Rafael veloz, nuestro mejor mensajero, no faltará ninguno a los pies del Mesías, Majestad.
- Gabriel.- Vaya el rey David, también tiene miedo de que su profecía quede sin cumplir. ¡Cómo está hoy el limbo!
- Secretario.- Gracias a que no he olvidado nada, porque sino esta gente nos monda.
- Teléfono.- Rin. Rin
- Secretario.- Dígame…sí..¡Ah! eres tú (cambiando el tono) Es Rafael veloz, Gabriel, llama desde Roma.
- Gabriel.- Dime, dime, quiero hablar con él. Dime: sí, soy Gabriel. ¿Están todos avisados? ¿Qué? No es posible…¿Pero ninguno? ¡Qué barbaridad!...Vamos, vamos… Sí, sí,… nada, nada…no es culpa tuya…qué vamos a hacer, vuelve enseguida.
- Rafael y Miguel.- ..¿Qué pasa?
- Gabriel.- Pues nada, que no habrá ni un príncipe, ni un rey, ni un poderoso de la tierra que se acerque hoy a adorar al Mesías. ¿Queréis creer que nadie le ha hecho caso? ¡Se han reído de él!
- Miguel.- ¡Idiotas, mentecatos! Voy ahora mismo a exterminarlos.
- Gabriel.- No,…calma. La verdad es que…el Señor no me había dado órdenes de avisarlos. Lo hice por mi cuenta. Me daba pena que sólo hubiera rústicos pastores junto a la cuna. Pero por lo visto, así tenía que ser. Sólo tres reyezuelos de un país de Oriente han escuchado el mensaje que Ráfaga veloz ha hecho llegar por medio de una estrella. Estos se han puesto en camino para adorar al Niño, pero están tan lejos, tan lejos, que tardarán lo menos dos años en llegar.
- Rafael.- ¡Qué lástima! ¿Quieres que vaya a su encuentro y les facilite el camino?
- Gabriel.- No, no, déjalos. No puedes ausentarte ahora. Dios Padre y Dios Espíritu Santo están de retiro esperando el nacimiento de Dios hecho hombre. En cuanto nazca el Señor, nos convencerá a todos para anunciar la feliz nueva. Mientras tanto, vamos a reunirnos los tres en nuestra habitación para ultimar detalles… (cantan a coro).
- Gabriel.- (Chillando) ¡Cerrad las puertas! Vamos. Aquí no se puede hablar. Atiende el teléfono, Secretario.
- Secretario.- Bien.
- Gabriel.- Resuelve tú mismo los casos que se presenten. Como no sea algo importante no me llames, por favor. Mándame a Ana a mi habitación.
- Miguel.- ¿Ana?
- Gabriel.- Es Anastasio, pero le llamamos Ana para simplificar. Es mi ángel de confianza, ¿recuerdas?
- Miguel.- ¡Ah! Ya caigo.
- Locutor.- Son las once de la noche. Los tres arcángeles reunidos, dan los últimos toques al plan de la primera Nochebuena. En cuanto el Señor le haya dirigido el mensaje de Navidad, saldrá la escola a cantar el “Gloria Dios en las alturas”…sobre los campos de Belén, para avisar a los pastores del nacimiento del Mesías. Al mismo tiempo bajará el primer coro de ángeles para adorar al Niño. Los demás coros irán bajando por turnos. (Golpes a la puerta).
- Gabriel.- Bueno, se acabó la paz. Pasa.
- Secretario.- Perdona, Gabriel, pero he creído necesario traértelo en seguida.
- Gabriel.- ¿Qué pasa?
- Secretario.- Un telegrama urgente de Belén.
- Gabriel.- Será ángel aposentador. ¿Por qué no habrá llamado por teléfono?
- Secretario.- Las líneas están ocupadas. Hay dos horas de demora con Belén. No sé que ocurre.
- Gabriel.- (Leyendo) Afluencia imprevista de forasteros, empadronamientos. Stop. Espero instrucciones.
- Gabriel.- ¡Válgame Dios! En una cueva.
- Miguel.- Imposible, no podemos consentirlo. El Mesías no puede nacer en una cueva.
- Rafael.- ¡Jamás! Ese aposentador es un memo. No ha sabido espabilarse. Bajo yo un momento y los encuentro posada en menos que canta un gallo. ¿Quieres?
- Gabriel.- Espera… No sé… no veo claro, todos nuestros planes fracasan… Estoy adivinando en todo esto una misteriosa voluntad, superior a la nuestra… ¡convendrá tal vez que así suceda!
- Miguel.- ¡Quién sabe!... pero por lo menos, se nos permitirá adorar y adecentar ese mísero cobijo.
- Gabriel.- Tienes razón, Miguel. Esto es lo que nos toca hacer. Pronto, Secretario, dile a Ana que se las arregla con quien quiera, que saque gente de donde pueda, pero que mande inmediatamente cinco o seis coros de ángeles a Belén, para limpiar y adecentar la gruta en que va a nacer el Mesías. Él puede hacer maravillas, si quiere, en una hora.
(Barullo de voces afuera)
- Secretario.- Son Saltarín y Alborada, que vienen de la Tierra afectadísimos.
- Saltarín y Alborada.- (Entrando) ¡Gabriel, Gabriel! ¡Ya ha nacido el Mesías! ¡Acaba de nacer el Mesías!
- Gabriel.- ¡qué disparate estáis diciendo criaturas!
- Miguel.- Si no es la hora todavía; son las once y diez.
- Saltarín y Alborada.- ¡Que ha nacido! ¡Que ha nacido! ¡Lo hemos visto nosotros!
- Gabriel.- No habléis los dos a la vez. Uno sólo.
- Saltarín.- Nos habían mandado a Alborada y a mí a fregar estrellas…
- Alborada.- Y ya estábamos cansados de tanto sacar brillo…
- Saltarín.- Entonces se nos ha ocurrido hacer una escapadita hasta Belén para ver los preparativos del Nacimiento…
- Fregoteo.- Sin permiso ¿eh?
- Saltarín.- Perdona, Fregoteo… fue sin mala intención.
- Gabriel.- Bueno, terminad.
- Saltarín.- Pues en cuanto hemos llegado a Belén, nos encontramos al Ángel aposentador llorando a la entrada de una cueva.
- Alborada.- Así, así (imitando un sollozo) El pobre no podía decirnos lo que pasaba.
- Gabriel.- Pero, bueno, ¿qué pasaba? ¡Terminad de una vez!
- Saltarín.- Toma, pues eso, que acaba de nacer el Mesías en una cueva de gitanos.
- Alborada.- Nosotros lo hemos visto por una rendijita, ¿verdad? ¡Más bonito! Parecía una amapola en medio del heno.
- Gabriel.- Pero si no puede ser… no puede ser y no puede ser. Según las profecías tenía que nacer al filo de la medianoche.
- Alborada.- ¡Ah! ¿Pero es que no sabes que en Belén van a la hora oficial? Allí son las doce y cuarto.
- Saltarín.- ¡Y como el Verbo nace para dar a los hombres ejemplo de su obediencia en todo!
- Gabriel.- ¡Rayos del Sinaí! Ya podían haberme recordado este detalle los meticulosos soñadores del seno de Abraham. ¡La hora oficial! ¡Invento del demonio!Rafael.- Esto es aplastante. ¡Nacer el Mesías en una covacha!
- Alborada.- ¡Llena de telarañas!
- Todos.- ¡Horror!
- Saltarín.- ¡Y de estiércol!
- Todos.- ¡Horror!
- Alborada.- Entre un buey y una mula.
- Todos.- ¡Horror!
- Saltarín.- Sin más compañía que una bendita madre, el buen San José y…
- Todos.- ¡Horror! ¡Horror! ¡Horror!
- Rafael.- ¡Qué fracaso!
- Miguel.- ¿Qué dirá el Señor cuando se entere?
- Locutor.- Por supuesto el Señor estaba enterado ya, y cuando, minutos más tarde convocaba a toda la corte angélica en el gran salón del Trono y Gabriel, vencido y humillado, se postraba a sus pies, confesando el más inútil de los directores generales, el Señor se levantó benévolamente y sonriendo le decía: “Levántate, Gabriel, y no temas. Todo ha sucedido según mi voluntad incomprensible para ti. Mis caminos no son tus caminos, ni tus pensamientos los míos! Por muy arcángel que seas, Gabriel.

FIN